Crónica desde el podio 2016

Aunque una carrera como el Desafío Doñana es digna de preparar con meses de antelación, no fue hasta mediados de Agosto cuando por fin decidí inscribirme. Ha sido un largo proceso de recuperación tras mi Ironman en Maastrich. He de confesar que a pesar de los buenos resultados creo que es una distancia que todavía se me queda un pelín larga, y por este motivo tardé más de lo que esperaba para recuperar mi cuerpo, de este gran esfuerzo al que incluso con gran preparación es difícil no salir mal parado.

 

Mis expectativas deportivas frente al Desafío eran todo un misterio, tres semanas antes me hice un esguince y hasta una semana previa a la prueba no pude correr. Tal vez esa fue la clave del éxito, la gran tranquilidad y el lema de: el único objetivo es disfrutar.

La emoción crecía por momentos mientras me situaba en la linea de salida junto a los 549 triatletas que se amontonaban junto al arco de salida. Por primera vez no era tensión lo que se palpaba en el ambiente, sentía unas ganas increíbles de comenzar esta gran prueba que empezaba con mi postre favorito, la bicicleta.

La carrera comenzó con una salida neutralizada de 6km en la que todos los participantes luchamos por llegar a la cabeza del pelotón, ya que como se preveía cuando el juez sacó la mano y mostró el banderín verde, la carrera se convirtió en un sprint a muerte y ataques por doquier. De esta manera poco a poco el gran pelotón se fue abriendo, hasta el km 10 en la subida a Trebujena donde se produjo el corte entre pelotones.

Fueron grandes los esfuerzos que hicieron algunos chicos en los que me incluyo para intentar alcanzar de nuevo al primer grupo, pero tras el esfuerzo y no gran entendimiento entre nosotros volví a resguardarme del viento y a aguantar los 80km restantes. La comodidad de ir en un pelotón me permitió que a pesar de una media tan buena como 44km/h pudiera descansar lo suficiente para afrontar el resto de la carrera.

Es maravilloso nadar en la desembocadura del río Guadalquivir, donde aguas arriba en la localidad de Mogón en la Sierra de Cazorla Segura y las Villas 20 años atrás aprendí a nadar. Una tranquila y  buena natación en las aguas semi-saladas y con pequeñas corrientes me trae a la mente recuerdos y memorias de mi niñez.

De esta manera, entre recuerdos y buenas sensaciones cruzo el Guadalquivir como el niño que salta un charco en invierno, llegando descansada a la T2, y con ganas de enfrentarme al que para mi fué el verdadero desafío, los 30km a pie por la arena de la playa.

A pesar de ser Andaluza de pura cepa y acostumbrada a las elevadas temperaturas que se gastan por estas tierras, lo de correr bajo el sol no es una cosa que lleve bastante bien. El Hecho de cambiarme en la T2 junto a la gran Maria Bravo tampoco lo ponía fácil. La tensión se palpaba y yo sabía que o creaba la mayor ventaja en ese momento o iba a ser muy difícil mantener un duelo mano a mano con esta gran experta de la larga distancia. Ni crema anti rozaduras, ni limpiarme los pies de la arena, nada de nada, pensé: guapa,  apriétate bien los cordones y ¡sal pitando!

Dicho y hecho, salí de la transición lo más rápido que pude y de las frescas aguas del Guadalquivir salté a las calurosas playas del parque Nacional de Doñana  para correr sorteando las dunas,agua y arena que presenta este maravilloso paraje.

Los ritmos con los que comencé la carrera a pie no eran ni mucho menos a lo que tenia pensado correr, pero tenía claro que si María me veía cerca intentaría alcanzarme, así que puse todas las cartas sobre la mesa, y pensé: pues ala cuando pete, he petado.

Mucha suerte tuve de encontrarme sobre el km 7 a un participante llamado Luis Miguel Prieto que de manera desinteresada me acompañó hasta casi el km 20, sus palabras de ánimo y apoyo fueron vitales, en esta sufrida carrera a pie, en la que pagué por pecadora los últimos 10km en los que sufrí lo inimaginable para no dejar de correr.

La palabra sufrimiento es algo muy subjetivo, para mi sufrir es decir no a mi cuerpo, no a mis pies llenos de ampollas, no a mi sed incontrolable que me quema la garganta con sabor a sangre, no a las grandes ganas de llorar, no a los malos pensamientos que mi cabeza crea por la falta de oxigeno. Sufrir es esa lucha tan grande contra tu cuerpo al que le prometes que cuando acabes te comerás la tarta más grande que había en la pastelería y que no volverás a ponerte unas zapatillas de correr en una semana. Y bueno algunos pensaran ¿si tanto sufres? ¿Porque lo haces?

Lo hago porque amo cada segundo en el que estoy subida en una bicicleta, lo hago porque disfruto cada zancada que doy mientras corro junto al río Genil, mientras toco las hierbas secas del verano, mientras veo como pasan las estaciones por mis pies, como los calurosos amaneceres vuelven a refrescar y como las largas tardes veraniegas vuelven a oscurecer. Vivo mi vida amando cada cosa que hago, aprovechando al máximo cada café, charla, sonrisa, paseo en bicicleta o carrera a pie y los disfruto como si fuera la primera y la ultima vez.

Yéssica Pérez Torrente, publicado en Planeta Triatlón