26 de Septiembre de 2020

Campeón del X Desafío Doñana (2019)

Dani Pérez (daniperezrun.com)

Hace mucho tiempo que dejé de escribir crónicas de mis pruebas, tal vez por dejadez o tal vez porque empecé a guardar esos recuerdos, malos o buenos, solo para mí y para los míos.

Tal vez también, porque hace mucho que no conseguía un triunfo como este.

Pero es justo, y es necesario, mucha gente me pregunta y es una forma de agradecer tantas muestras de apoyo y de cariño, tantas felicitaciones que ahora estoy recibiendo.

No hablaré de nombres propios, pero desde el principio de estas líneas, el mayor de los respetos y admiración hacia todos mis duros rivales, y el agradecimiento eterno, a todos mis compañeros y amigos, que han logrado levantar esta cinta de meta junto a mí.

Desde que empecé en el mundo del triatlón, en el año 2015, había escuchado hablar siempre del desafío Doñana, a cuantos compañeros y amigos de entrenamiento iba haciendo en Málaga. De la gesta de terminarlo, de la belleza de su paisaje y del especial formato de la prueba: “son 30km de carrera en playa hechos para ti”  decían.

He tardado algunos años en decidirme, pues más volcado en pruebas cortas, el desafío era mucho más que un reto, para un deportista como yo, que a duras penas había superado la hora de competición.

La creación del Club Triatlón Málaga, el impulso de mis compañeros y las ganas de entrenar junto a mis pupilos, me llevaron a aceptar el desafío en junio de 2019, y desde entonces, la remota posibilidad de la victoria siempre ha estado en mi mente, como el deportista que se aferra a un objetivo para mantenerse alerta, como el entrenador que, predicando con el ejemplo, puede así inspirar a los suyos.

Trazamos un plan: aguantar en la bicicleta protegido, nadar con control y orientación, correr con ritmo, con el ritmo que marcaban los últimos entrenamientos desde finales de agosto.

Y así fue, parece fácil de explicar, pero la tensión de la bici (según los más veteranos, debido a la ausencia de la prueba de relevos), las múltiples escabechinas en las que me ví envuelto, la natación más complicada que en mis planes y un viento en contra en los últimos 15 km, hicieron del desafío una autentica tortura para mis piernas y mi cabeza.

Nunca pensé durante la prueba que ganaría, nunca. Solo en los últimos 5 kilómetros ví que era posible, y solo en los dos últimos, con el aliento del público, supe que la cinta de meta era para mí.

Dificultades atravesé algunas: en la bajada posterior a Trebujena, cuando el último piñón de mi desarrollo no entraba y me quedé “sin pedales”, en las múltiples caídas que vi a mi alrededor, y en los latigazos de los últimos kms del sector de ciclismo, que a punto estuvieron de cortarme. Retrasado en el grupo entre el puesto 50-60 aproximadamente, a veces por comodidad, a veces porque me era físicamente imposible adelantar puestos, rodeado de algunos compañeros, miraba constantemente el cuentakilómetros y comía y bebía siempre que tenía ocasión tranquila de soltarme del manillar, deseando que el sector acabara. Llegando a Sanlúcar de Barrameda, hablé con uno de mis compañeros:

    “Tengo una noticia buena y una mala. La mala es que llevo orinándome desde el kilómetro 30, y la buena que me noto con muchas piernas”. Él me contestó “Dani, todas esas noticias son buenas porque yo también me estoy orinando” .

Dicho y hecho, hice la T1 lo más rápido que pude, me metí en el agua, esperé un poco a hacer mis necesidades y nadé con la orientación que consideré adecuada. Veía muchos triatletas delante, creo que salí del agua en torno al puesto 15, pero en ese momento no me preocupaba.

La t2 no fue tan cómoda, al tocar tierra no tenía calambres, pero si tenía la sensación de que podían aparecer, así que me lo tomé con calma, hasta que pude correr, mientras escuchaba la información que me facilitaban las chicas del club, sobre las referencias y rivales que tenía delante, y así comencé a correr.

Mi sector preferido fue el más duro.

Comencé alegre, mucho, creo que corrí el primer kilómetro en 3´20´´ y el segundo algo más lento, alcanzando a unos cuantos triatletas en ese tramo. En el kilómetro 3 adelanté al primer compañero del club, que marchaba tercero y un poco más adelante a otro triatleta que me indicó que ya era segundo.  Por entonces me orinaba de nuevo y no veía, ni siquiera intuía, la cabeza de carrera, que me la habían cantado a 6´en la t2. Además, me costó sobrepasar al triatleta que a la postre sería 4º y el triatleta que en meta sería 3º me estaba alcanzando. Si eso no fuera poco, aunque el ritmo me parecía liviano, me estaba orinando de nuevo, y eso me hacía sentir incomodidad de la cintura hacía abajó.

Así que cogí el segundo avituallamiento, me tomé un gel, me paré a orinar, en medio de la nada y recuperé la marcha convenciéndome, aunque estés corriendo cómodo, corre a ritmo, no te pases, nunca has corrido 30 kilómetros, nunca, ni siquiera entrenando. Así que así obré.

En el km 12 me pasó un triatleta (el tercer clasificado en meta) y se me escapó, aproximadamente 50m, intenté mantener distancia visual, y en el giro del km 15 justo, cuando tomó por unos metros una dirección errónea, lo alcancé; y ahí sentí el viento en mi cara, el frío en mi cuerpo y la debilidad en mis piernas; así que pensé: adelanta el gel de cafeína, no vas bien y estas peleando por el podio (éramos 2º y 3º, y por detrás venía todo un campeón del mundo) solo eso te puede salvar de caer más lejos de 4º puesto.

Y con esos pensamientos, entre mi compañero y yo, cogiendo todo el avituallamiento que veíamos y protegiéndonos del viento, marchamos unos cuantos kilómetros, como en una partida de ajedrez, como en un tira y afloja, como en ahora me toca a mí que llevas tirando un rato… hasta que los compañeros que nos cruzábamos empezaron a cantarnos cada vez menos distancia con el primer clasificado.

Así, antes de que me pudiera dar cuenta, mi compañero de trote, nunca mejor dicho, pues el ritmo había caído bastante, decayó y un poco más adelante divisé que el primer clasificado estaba muy cerca. Era mi oportunidad de liderar la carrera y al menos poder contar que durante algún tiempo, podría decir que lideré el Desafío Doñana.

En el km 22 de la carrera a pie ya era primero, pero intenté convencerme de que la opción de ganar aún estaba lejana, de que tenía que mantener el ritmo, seguir con el avituallamiento, aunque prácticamente no me entraba nada, y, sobre todo, no mirar atrás, para no dar muestras de debilidad.

En el km 25 empecé a creer que podía ganar, y en el kilómetro 28 la gente me decía que ya era mío, así que después de 4 horas y media de lucha, con 2 kilómetros por delante, y con el cambio de dirección de carrera y por lo tanto del viento, animado por la visual de las carpas de meta, empecé a disfrutar.

La moqueta azul, las manos extendidas para chocarlas, los míos bajo el arco de meta, mi nombre retumbando en megafonía… todo pasó demasiado rápido, como todo lo bueno de la vida, viene, y antes de que te des cuenta, se va. Levanté la cinta, lloré, me fundí en un abrazo, recibí mi medalla y supe que todo había acabado.

Me limité a reponer fuerzas y esperar uno a uno al resto de mis compañeros, comentando la jugada, abrazándome y llorando con cada uno de ellos, enciendo el móvil con más de 500 mensajes…

Con la certeza de que el éxito es poder compartirlo.

Por eso, esta crónica,

Por eso, y por cuando la memoria nos falte, que muchos días luchamos y un día fuimos inmensamente felices.