25 de Septiembre de 2021

Mis vivencias, Desafío Doñana 2021, por Jesús Alfonso Rey

"Lo recuerdo como si fuera ayer y no por mi excelsa memoria, más al contrario, sino porque aquello me ha perseguido durante toda la vida. Él era un señor mayor, fuerte como un roble y persona cabal, abuelo de unos amigos de la infancia. En una de esas tardes aciagas de domingo sentado junto con otros críos a su alrededor le oí contar que él, de joven, cruzaba nadando el Guadalquivir, corría por la otra orilla y aprovechaba el cambio de marea para atravesar de vuelta a nado a Sanlúcar y acabar en el mismo sitio de partida. Aquello para mí era una gesta inalcanzable, propia de un superhombre como esos viejos marinos que partían en busca del nuevo mundo. Me quedó grabado a fuego en la memoria. Y así casi sin darme cuenta, ahí estaba yo, cobrándose mi subconsciente la deuda de aquella hazaña, dispuesto no a repetirla porque a mérito no había quien la igualase pero si al menos a emularla, en aquella salida junto a cientos de ciclistas cual manada de purasangres esperando ese antiguo banderazo con el que se daban antaño las salidas de las Carreras de Caballo en las playas de Sanlúcar.

Mentiría si dijese que la salida neutralizada fue un paseo triunfal porque los nervios me atenazaban como nunca lo habían hecho y en la cabeza los peores presagios y miedos que, fieles al guion que mi mente había elucubrado desde muchos días antes, se cumplieron con rigurosa exactitud. Carrera lanzada, primeros kilómetros y dos escalofríos recorrieron mi cuerpo en forma de peligro de caída que me hicieron contener el aliento y, preso del pánico que incompresiblemente se apoderó de mí, retroceder de manera casi involuntaria hasta perder contacto con el grupo. Jamás pensé que 20 metros era una distancia insalvable. Comenzaba mi desafío con 70 km en solitario por delante y la sombra del “fuera de control” merodeando como buitre con presa a la vista.

Rabia, tristeza, coraje, desilusión, una amalgama de sentimientos y sensaciones negativas me invadieron hasta que fijé la vista en mi muñeca en la que llevaba sendas pulseras azules que rezaban “Andex” y “Donando Vidas” y recordé que el verdadero Desafío (de vida) era el de ellos, los que viven pendientes de una lista de espera y el de esos ángeles que luchan contra tan terrible enfermedad, y de manera automática mi mente me llevó a ese “Disfrútala” que me dijo un buen amigo este pasado verano al contarle en que estaba inmerso deportivamente. Cuando ese “disfrútala” sale de una voz rota en términos literales por el cáncer os aseguro que es el mayor y mas grande aliento de vida y motivación, no podía fallarle, no podía fallarles. Juro por Dios que pedaleé con el alma, a cada pedalada mas fuerte, a cada pensamiento mas fuerte, entrando en Bajo de Guía tras un sprint físico y emocional de 2 horas y 45 minutos en soledad.

Transición, neopreno y carrera por la playa para alcanzar la orilla ¿Como en una distancia tan corta de arena cabe tanto cariño, amor y sentimientos? Aun retumba en mis oídos el aliento de mi familia y amigos e hice mía la impotencia que vislumbraba en mi amigo “Porti” (conocedor como ciclista experimentado que es de mi sufrimiento en la bicicleta) para convertirla en fuerza. “¡Olvídate de la bici y nada!” gritaba mi mujer que corría junto a mis hijos al otro lado de la cinta. Al agua. Río de dudas, de corrientes externas e internas, de miedos; Guadalquivir de mi infancia y al que tan bien conozco, tú tenías que ser el Juez de este desafío y hacerme perderlo o ganarlo, y no sé por qué gracia divina decidiste lo segundo.

Al llegar a la otra orilla, vi como hombres se retorcían de dolor fruto de los calambres, como aquellos soldados abatidos del desembarco de Normandía, mis piernas respondían a la perfección, transición y a disfrutar Doñana, ahora sí. Ritmo cómodo inicial por miedo a pagar el esfuerzo de la bicicleta y a medida que iban pasando los kilómetros me iba sintiendo más vivo. Dunas, mar, pinos, un paraíso en que, pese a estar en condiciones óptimas para la carrera, decidí no incrementar el ritmo ¿Para qué?¿Disfrutar menos tiempo? No, después de todo, no valía la pena. La gloria podía esperar, llegaría. Y tanto que llegó, apenas 50 metros antes de la línea de meta en forma de abrazo con Miguel, Rubén y Alberto, compañeros infatigables de entrenos sin los que no hubiese podido alcanzar este objetivo y a los que le debía todo por estar allí. Lloramos como niños. Llegó en forma de tocar el cielo con las manos tras la alfombra azul. Llegó en la otra orilla en forma de abrazo de Beltrán y Cayetana que me esperaban desgañitándose desde que me vieron a lo lejos a gritos de “¡Papá!¡Papá!”. Como aquel hombre cabal del que os hablé: Volví al punto de partida."